Uno de estos días, fruto de un antojo, me pasé por el Calamar Bravo para “pillar” unos bocatas de calamares, bravos claro. Entro en el nuevo local (Calle Cinco de Marzo, Zaragoza), habitualmente repleto, y veo a la izquierda la zona “para llevar“, con varias personas en silencio, medio en fila, no precisamente con caras de grandes alegrías. Me acerco hacia la barra sorteando al resto de clientes hasta que me divisa un camarero “barbialtivo“, brazo derecho extendido apoyado en la barra, me dirige una ladeada mirada “perdionavidas” y hace un enérgico gesto mirándome con objetivo indudable “a ver tú, canta lo que quieres”, a lo que un servidor indica “buenas tardes, dos bocadillos y una simple de papas”, sin gritar, porque considero de mala educación dirigirse a nade a gritos, a lo que el tipo me lanza un “grito” ¿qué?, ni buenas tardes ni leches, se lo repito algo más alto y me vuelve a “cantar” a grito pelao lo que le he dicho, sí, le indico, a lo que me vuelve a gritar indicándome el precio de mi pedido sin inmutar su superlativa postura dando a entender “paga si quieres que mueva un músculo“.

Le pago religiosamente y entonces propaga la comanda hacia una chica que se afana en preparar bocatas “a destajo”, a gritos, cómo sino. Me retiro unos pasos hacia atrás para dejar sitio en la barra para la siguiente “víctima“.  Mientras espero para recibir mi preciada recompensa llegan varios clientes, que abnegadamente sufren el mismo accidente con el elemento del otro lado de la barra. Somos todos gilipollas, pienso, reflejándome con cada uno de los demás sufridores ocasionales, ¿por qué permitimos que un tipejo nos trate así?, ¿merece la pena por un bocadillo de calamares?, pues no, al menos eso pienso yo, a mi ya me han visto el pelo.

Sin duda el Calamar Bravo es un mal ejemplo en cuanto al trato que hay que dar a los clientes en la hostelería, pero que quieren que les diga, nos lo merecemos, porqué parece que nos guste que nos humillen, puesto que lo hacen y volvemos, entonces será que nos gusta.